Música andalusí
Fragmento de diario: Música y recuerdos en Granada
Hoy, mientras cerraba los ojos, volví a aquellos veranos en Granada. Recuerdo cómo mi padre ponía el tocadiscos en casa, o en el casette en el coche y, entre curvas y calles empedradas, sonaba El Lebrijano. Su voz parecía llenar no solo el coche, sino también las plazas y patios . Adaptaba poemas árabes al flamenco, y canciones como Dame la libertad o Vivir en un cuento de hadas se quedaban conmigo, pegadas a la memoria, enseñándome que la música podía ser puente entre mundos.
Lole y Manuel también estaban ahí, siempre con Un nuevo día, A todos de color o Érase una vez. Recuerdo cómo mis amigos comentaban los discos mientras nos sentábamos en los bancos de la plaza, o cómo nos emocionábamos en los conciertos, compartiendo miradas cómplices y risas.
Y qué decir de El Chocolate y El Polen: nombres que se repetían en conversaciones juveniles, en conciertos improvisados y en tardes de compartir discos y canciones. Era como formar parte de un movimiento que nos unía a todos, que nos hacía sentir que pertenecíamos a algo más grande.
Cada canción era un hilo invisible que conectaba mi infancia con la tradición flamenca de Andalucía, con la fusión de culturas y con la emoción de descubrir algo que solo la música puede regalar: la sensación de libertad, de comunidad, y de que cada acorde y cada verso tenía un sentido más allá de lo que podía explicar con palabras.
Hoy sé que esos veranos, esos sonidos y esas voces, me enseñaron a escuchar con el corazón y a valorar la música como un puente entre generaciones, entre culturas y entre personas que, como yo, buscan en cada canción un reflejo de sus propias emociones.
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