La Banda Sonora de Nuestra Infancia
En nuestra casa, la música nunca fue un fondo cualquiera; era un hilo invisible que unía generaciones, un puente que nos llevaba a Andalucía y a los recuerdos de nuestros abuelos, de la tierra que habían dejado y que siempre llevaban consigo. No eran los éxitos de la radio ni las canciones de moda; lo que nos conectaba era la copla y el flamenco, esas voces que parecían contener el alma de la tierra: Rocío Jurado, Dolores Abril, Concha Piquer… y en el flamenco, el Turronero, el Chocolate, la Paquera de Jerez, la Niña de los Peines… cada uno con su duende, cada uno con su historia.
Recuerdo a mi madre cantando a pleno pulmón María de la O mientras fregaba la cocina, las gotas de agua brillando bajo la luz del mediodía, y yo golpeando el compás con un par de cucharas de madera. “¡Eso, sigue el ritmo!”, me decía entre risas. Los domingos, mi padre se sentaba en su butaca con su sombrero, prohibiendo que nadie tocara el tocadiscos. El Chocolate giraba y giraba, y nosotros aprendíamos de memoria cada falseta, cada giro del compás. Incluso los vecinos se asomaban al balcón, y a veces acabábamos todos cantando juntos en la calle, aplausos y risas compartidas flotando en el aire caliente del verano.
Hace unos años, encontré en casa de mis abuelos un viejo tocadiscos de aguja, con vinilos de distintos tamaños que había que limpiar con cuidado antes de ponerlos a girar. Cada crujido de la aguja nos transportaba a cafés-teatro y tertulias donde la poesía se mezclaba con el folklore andaluz, y uno podía imaginar a los cantaores y poetas compartiendo la emoción del instante con un público silencioso, expectante. Allí estaba yo otra vez, oliendo el café recién hecho, viendo la luz dorada de la tarde colarse por las persianas, escuchando la conversación murmurada de los mayores mientras la música llenaba la habitación.
La música era mucho más que canciones; era historia y memoria. Recuerdo a mi abuelo susurrando La Saeta, la emoción contenida en su voz, y a mi abuela acompañándolo con palmas suaves, marcando un tiempo que parecía eterno. En Navidad, las coplas se mezclaban con el aroma de los polvorones y las naranjas, y las risas de los primos corriendo por la casa. En Pascua, mientras las velas iluminaban el salón, los villancicos y las saetas nos recordaban la fe y la unión familiar. Y en los veranos, con las persianas bajadas para intentar domar el calor, la guitarra sonaba mientras todos nos reuníamos en torno a la mesa, compartiendo historias, recuerdos y algún que otro refrán que nadie olvidaba.
Era un ritual silencioso y cotidiano: la música nos enseñaba quiénes éramos, de dónde veníamos, y nos hacía sentir que pertenecíamos a algo más grande, a un hilo que conectaba nuestras raíces andaluzas con la memoria de quienes nos habían precedido. Entre el crujido de un vinilo, el golpe de unas cucharas y la emoción de una voz que parecía venir de otro tiempo, aprendimos que la música podía ser un mapa, un refugio y una brújula, un recordatorio constante de nuestras raíces, de nuestra familia y del duende que nos acompañaba desde
siempre.
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