Crecí entre Barcelona y Andalucía Granada y Almería, con influencias familiares que me acercaron al flamenco, la música popular el folclore , la rumba catalana y la música del Mediterráneo. Desde niño, la música fue un lenguaje de emociones, tradición y valores.
Granada, tierra de encuentros y mestizajes, fue escenario de un intercambio cultural. Entre ellos, un grupo local de música celta y jóvenes músicos vinculados al flamenco. La propuesta tuvo lugar en varios locales emblemáticos de la ciudad. Uno de los lugares emblemáticos de Granada Palacio Santa Paula, Barcelona de copas Lemon Rock. Y taberna irlandesa. El público asistente pudo sentir cómo el espíritu atlántico de la música celta encontraba su huecoen el público Granadino. Fue un claro ejemplo de cómo Granada, ciudad puente entre culturas, sigue siendo laboratorio de músicas, donde tradición e innovación se dan la mano.
También participé en diferentes grupos, empezando por los coros flamencos , donde interpretábamos música tradicional con un fuerte componente religioso y popular. Esa etapa fue importante porque me conectó con lo comunitario, con la fuerza de cantar juntos desde la raíz. Más tarde, el camino me llevó a nuevas formaciones con dos guitarras —una española y otra flamenca—, percusión y voces que abrían espacio a la experimentación. Aquello no era solo repetir fórmulas conocidas: buscábamos fusionar nuevos estilos, incorporar aires frescos y darle a la música andaluza y española un soplo de innovación sin perder la raíz. Fue un aprendizaje doble: mantener el pulso de la tradición y, al mismo tiempo, atreverme a abrir puertas hacia otros sonidos.
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