Influencias emocionales y familiares: la música que despierta el alma
Entre las voces y composiciones que dejaron huella en nuestra trayectoria, músicos y compositores flamencos que acompañaban nuestros viajes entre Barcelona y Granada. Cada canción, cada compás, era un hilo que nos conectaba con la nostalgia, despertando recuerdos de la abuela, la familia, los amigos y los primeros amores.
La música de estos artistas no solo nos emocionaba: nos enseñaba a sentir profundamente, a valorar la sensibilidad, la empatía y los lazos familiares. Durante esos viajes, la guitarra, las palmas y la voz de los cantaores se convertían en compañeros de viaje de la memoria y del corazón, ayudándonos a construir una sensibilidad muy cuidada, arraigada en los valores del amor y el cuidado familiar. Esa influencia marcó nuestra manera de vivir, escuchar y transmitir música, conectando el arte con la vida cotidiana y la educación emocional.
Recuerdo la batucada universitaria con amigos argentinos que terminó en comisaría. La policía nos detuvo y casi nos cuesta una multa, pero quedó solo en susto y en risa. La música mueve, conmueve… y a veces incomoda.
Más tarde, el flamenco se convirtió también en puente hacia la poesía y la espiritualidad. La obra de Lorca, los coros rocieros, los versos de santos y místicos se entrelazaban con mis proyectos inclusivos, donde chicos con síndrome de Down participaban activamente. Cada ensayo, cada sonrisa de un alumno que lograba seguir un compás, me enseñaba que la música era emoción, integración y transformación.
Mi educación musical se cimentó en el folklore andaluz: coplas y cantaores clásicos como La Niña de los Peines, Caracol, Farina, Hondero, Aznar, Juanma, Juanito Maravilla, hasta los modernos Camarón, Enrique Morente, Carmen Linares. Las fusiones posteriores —Ketama, La Familia Sorderita, Pepe Habichuela, Lamari, Chambao, Ojos de Brujo— ampliaron mi perspectiva y enseñaron que tradición e innovación podían coexistir. Bandas como El Último de la Fila, Triana o Medina Azahara mezclaban rock y pop con raíces andaluzas, mientras la rumba catalana de artistas como Gato Pérez, Pescaílla y Peret, y las juergas con amigos gitanos en Granada, reforzaban la vitalidad de la música compartida.
Entre influencias más recientes destacan Mayte Martín, Arcángel y Miguel Poveda, quienes exploraron fusiones con voces búlgaras, la poesía de Lorca y la dimensión religiosa. Obras como las de Carlos Núñez y su colaboración con Carmen Linares me enseñaron a integrar la música celta de Galicia con el flamenco. Paralelamente, Extremadura, los tangos de Badajoz, el fado portugués y las habaneras de Cataluña completaban mi universo sonoro. Artistas como Silvia Pérez Cruz muestran la continuidad de esta búsqueda: tradición, innovación y compromiso social en armonía.
Mientras profundizaba en la música, también me interesé por las vidas de los músicos. Último de la Fila, Ojos de Brujo, Kiko Veneno, Javier Ruibal. La historia de Ray Heredia, miembro de Ketama, nos dejó huérfanos demasiado pronto, y la trayectoria de Antonio Flores, con su pop y sus luchas con la noche y las drogas, me enseñó que detrás de cada canción hay una vida intensa. Comprender sus historias me permitió sentir la música más profundamente, captando emociones, riesgos y belleza.
Entre mis influencias emocionales y familiares, destacan Carlos Cano, Paquito Rodríguez, Paquiro.
Entre otros Vicente Castro "Parrita", cuyas composiciones flamencas acompañaban nuestros viajes de Barcelona a Granada. Cada canción despertaba la nostalgia, los recuerdos de la abuela, la familia, los amigos y los primeros amores. Esa música nos enseñó a sentir profundamente, a valorar la sensibilidad, la empatía y los lazos familiares, y a transmitir esos valores de amor y cuidado en nuestra propia vida.
En Granada, la búsqueda continuó: creé formatos árabe-andaluces, mezclando voz, guitarra, violín y percusión, guiados por la poesía de Lorca. Más tarde, viajé a La Habana, tocando con músicos locales y versionando canciones tradicionales, y al regresar a Granada tejimos un repertorio que viajaba “desde el agua de La Habana hasta las fuentes de Granada”.
Como maestro de Educación Primaria, transformé estas experiencias en pedagogía: enseñar flamenco en el aula y español a extranjeros a través de canciones de Morente, versos de Lorca y Leonard Cohen, y el cajón flamenco, no era solo educación: era invitar a los alumnos a sentir la cultura, comprender la emoción y vivir la música desde dentro.
Cada proyecto, ensayo, concierto y fusión —desde coros tradicionales hasta experimentos de música celta y cubana— lleva un hilo invisible que me conecta con mis raíces y los lugares que he recorrido. La música, para mí, es camino, identidad y vida, siempre abierta a nuevos ritmos, instrumentos y corazones dispuestos a compartirla.
Comentarios
Publicar un comentario