El descubrimiento de la percusión


Aunque en casa tuve dos guitarras españolas e incluso llegué a asistir a clases, pronto me di cuenta de que ese no era mi instrumento. Lo mío era otra cosa: el ritmo, la base, el latido. Fue entonces cuando un amigo me regaló mi primer cajón, y con él descubrí un lenguaje propio.


Después llegaron otros instrumentos: los timbales, las palmas, menhir, escobillas, las pequeñas percusiones que acompañaban al cante y al baile. Una prima mía, que ya estudiaba danza en el conservatorio, me abrió aún más ese mundo, donde la voz y la guitarra dialogaban con mi cajón. Ese fue el verdadero inicio de mi identidad musical.


En la universidad, la enseñanza de la música y el flamenco se amplió hacia nuevas influencias: la música celta, la música popular española y distintas fusiones donde el flamenco se entrelazaba con otros estilos. Fue una etapa de apertura y experimentación, donde empecé a tocar con grupos de manera sencilla, casi de carretera, como un aficionado apasionado que iba aprendiendo en cada ensayo y cada encuentro.


Más adelante llegaron los coros flamencos y rocieros, donde la influencia religiosa también ocupó un lugar importante. El cante se mezclaba con la espiritualidad, y yo, que ya sentía fascinación por la poesía, encontraba un puente con figuras como Enrique Morente, San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús. Allí descubrí que la música podía ser también oración, recogimiento y búsqueda interior; una forma de entrar en contacto con lo oculto y lo trascendente.


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